Ruido blanco

Era de esas veces en las que tienes que hacer un croquis con sus piernas, las tuyas y las del de enfrente, si te excedes de tu espacio asignado por 3'15, peligro. Fuera llueve y aquí dentro el calor es propio de una tarde de verano subiéndote al metro a las cinco de la tarde. Estamos a primeros de mes, y los datos del móvil ya van más lentos que el tránsito de vehículos a plena hora punta en un día de lluvia en la gran ciudad, pero claro es viernes, día 9, y son más las ganas que el no poder.  Cerca de diez minutos tarda en descargarse la primera canción, santa paz la mía, pero fue de repente cuando un temblor se escucha al fondo, y mi móvil al mismo tiempo toca el suelo. Todos se giran, ya no sé si es el rojo de mi jersey o mi cara la que arde por culpa de ese impacto y se fusiona con él.

A risa tonta, el viernes avanza, me lleva, me arrastra y me deja ser una más de aquellas variables que a escondidas y con zapatos de tacón sigue su camino, cantando en voz baja y haciendo música con el teclado.

Veinte minutos más tarde, con la pierna derecha dormida y la izquierda haciendo fuerza por mantener el orden en ese nuevo y caótico croquis que se me presentó en una tarde de invierno, solo dos fueron las canciones que pudieron descargarse con esa poca vida que le quedaba a mis datos.

Todo colores neutros, duros y luminosos: grises, blancos y negros embriagaban todo lo que nos rodeaba, dejando un escenario frío, pero de luz, de mucha luz.

Se abría el documento y ya en la primera página, me faltaban aún detalles que concretar y sí, no debería de haber sido tan frágil la seguridad estúpida que ayer compartimos y que de un soplo se nos cayó. Fue tan veloz la caída y tan frenética la explosión que hay veces que la página se llena de espacios en blanco esperando a que lleguen las palabras que la puedan completar. Solo sé que no debería haber sido tan fácil que ese soplido salvaje tirase abajo los cimientos y nos partiese en dos.


Dos minutos más tarde, mis piernas tienen que desenredarse, en ambas se empezaba a cerrar el torrente sanguíneo, quizás había llegado el momento de no seguir conjugando pasado, presente y futuro en forma de palabras. Entonces, alcé la vista y detrás de ese señor con gorro americano se veía uno de esos atardeceres entre nubes que pueden succionarme en dos segundos, acompañado de rachas de viento eléctrico al mismo tiempo que arrancaba Shine bright like a diamond, de mi cutre lista de reproducción “añadidas recientemente”, donde audios y música se combinan, pero sí, soy así, y el orden en las listas de reproducción es el mismo que en mi galería de fotos, ninguno. 

Amigos, nos vemos cuando vuelva a querer o a necesitar un poco de pausa o cuando alguien me recuerde donde deposité mi otra parte.



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